romance/erotico

Un nuevo comienzo III

Fue un beso dulce y apasionado a la vez. Hacía mucho que sus labios no bebían de otros con aquella pasión y dulzura a la vez, Sloan le devolvió de nuevo a una vida que creía perdida hacía unos años atrás, cuando su esposo estaba vivo y bebía los vientos por ella. Un amor tan incondicional y tan puro, un profundo sentimiento de cariño le sobreviene cuando recuerda su risa sana, dulce y placentera. Un bello recuerdo que perdurará en su corazón hasta el fin de sus días.

—Pagaría un merk por tus pensamientos —susurró Sloan aún con sus labios cerca de los de ella.

—Recordaba —le miró a los ojos directamente— solo eso — y con una sonrisa le dio un fugaz beso.

           Se separó y dándose la vuelta se encaminó hasta la cama y se sentó.

—Ven —palmeo a su lado en la cama.

           Sloan caminó hacia ella. Los rayos de sol que entraban por la ventana iluminaban con mimo los rebeldes rizos del cabello de Nyneve, resaltando aún más si cabe su belleza.

—Quiero ser sincera contigo —acercó su mano hacia la mejilla de Sloan— he recordado a mi esposo. El cariño y el amor que me ofreció durante los pocos años que estuvimos juntos, fueron hasta ahora los mejores de mi vida.

—Entiendo —un atisbo de pesar cruzó su cara— aún lo amas.

—Siempre le amaré, es parte de mi vida —se acercó un poco más a él, sin apartar la mirada de aquellos ojos azules— tu has despertado en mi también ese sentimiento de cariño y… amor.

E —Sé que no puedo competir con él —acarició con mimo la mejilla de ella— solo espero que llegues a amarme a mí también.

           Sloan se inclina sobre ella, acaricia con mimo sus labios con los de él, se unen en un beso cálido y suave, profundo y con mucho sentimiento.

—Ejem, Ejem.

           Ambos se sobresaltan y se separan al oír el carraspeo procedente desde la puerta.

—Siento interrumpir —alega el joven monje—. La necesitamos señora Ramsay.

—No se preocupe Guillermo —le dedicó una sonrisa a la par que se dirigía hacia la puerta.

            Antes de cruzar el umbral de la puerta siente la necesidad de darse la vuelta, pero antes de poder hacerlo, como si le hubiese leído el pensamiento Sloan ya estaba cogiéndola de la mano, tirando de ella hasta estrecharla entre sus brazos, y dándole un dulce beso en los labios la dejo ir.

          Pasaban los días y las semanas, Sloan estaba ya casi recuperado de todas sus heridas. Ya no pasaba tanto tiempo en el monasterio, ahora se había trasladado al hospedaje del pueblo ya que había que dejar libres las camas para los heridos que iban llegando, que cada día que pasaba eran más numerosos. Muy pocos llegaban a sobrevivir a sus múltiples heridas y las amputaciones que algunos guerreros sufrían.

           Cada mañana Sloan se pasaba por el monasterio a ver a sus compañeros de armas, muchos de ellos de su mismo Clan. Los conocía desde la niñez y eran como parte de su familia, como le dolía el alma por verlos así; a todos ellos les daba mucho ánimo.

           Poco después se iba en busca de Nyneve, siempre la encontraba haciendo las curas o poniendo cataplasmas. Cuando ella podía darse un pequeño descanso daban paseos a caballo, se sentaban en la hierva y hablando dejaban los minutos pasar uno al lado del otro abrazados, casi sin palabras se lo decían todo… Ambos sentían por el otro un profundo amor y cariño, cada vez que se separaban se echaban de menos.

           Nyneve no tenía guardia y pronto se fue a su habitación, necesitaba recuperar fuerzas para el día siguiente. Era una noche fría, el fuego de la chimenea templaba la estancia mientras chispeaba y sus llamas bailaban sobre la leña. Vestida con su ropa de cama, se acurrucó en una butaca al lado del hogar con un libro de hierbas y plantas curativas en las manos y una pequeña manta de lana. Ojeaba ese libro un poco cada noche antes de irse a dormir.

           Unos toques en la puerta la sacan de sus pensamientos.

«¿Que habrá pasado?—se preguntó mientras se acercaba a abrir la puerta»

—¿¡Sloan!? —preguntó sorprendida— ¿Que… Que haces aquí?¿Te encuentras bien?.

—Tengo que contarte algo —su cara detonaba preocupación—. ¿Puedo pasar?

           Miró a un lado y a otro del pasillo, comprobó que no había nadie y lo dejó pasar.

—Si, claro entra —dijo cerrando la puerta tras de sí—. ¿Que sucede?

           Sloan entró en la habitación, no era muy grande pero era muy acogedora, a la izquierda había una cama y una mesita, a los pies de ella un arcón y justo en frente un par de butacas encaradas a la chimenea. Entró y se aproximó al fuego, se quitó el abrigo que dejó en una de las butacas y sin apartar su mirada de las llamas chisporroteando le explicó lo sucedido.

—Esta tarde ha llegado un mensajero, tengo que volver al frente, —su voz tenía un cariz de tristeza— en un par de días como mucho tengo que partir.

          Nyneve se acercó a él, lo sujetó desde atrás, pasó sus brazos por la cintura de él y acurrucó su cabeza en su espalda. Un sentimiento de tristeza se apoderó de su corazón. Sloan se da la vuelta, ambos se miran y de sus ojos emanaban amor, cariño, ternura…

—Te amo —dijo Nyneve mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Te amo —acunó entre sus manos el rostro de ella—. Deseo quedarme esta noche y las que me quedan a tu lado —la besó dulcemente— si me lo concedes.

—Yo también lo deseo Sloan —dijo mientras lo abrazaba— te necesito.

           Los latidos de su corazón aumentaban al tenerlo tan próximo a ella. Alzó la cabeza, maravillada vio unos ojos azules que la observaban con amor y deseo. Sloan acarició con ternura sus mejillas sonrosadas, no podía apartar los ojos de su rostro.

«Es tan hermosa —se dijo»

Quería tomarla, hacerla suya… Quería… Amarla.

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Un nuevo comienzo II

Los días pasaban, y como cada mañana antes de ir a la cocina Nyneve se pasaba por la alcoba que se le había asignado al laird Stewart. Le alegraba profundamente saber que mejoraba deprisa gracias a las cataplasmas de hierbas medicinales, que con mucho cuidado le colocaba en el costado. Pronto podría levantarse de aquella cama.

Siempre que Nyneve aparecía por la puerta a Sloan le cambiaba la cara por completo, veía en ella una mujer no sólo muy bella, sino que era una mujer culta, de carácter abierto, generosa y comprensiva; aquella ternura sincera y espontánea, lo maravillaba de una manera que era como si lo embrujase.

Mientras ella hacía las curas hablaban de sus vidas, donde él le contaba todo lo vivido hasta ese entonces, de su familia, sus amigos; los cuales muchos perdieron la vida defendiendo algo que por ley y derecho era suyo… su patria, sus gentes y sobre todo su cultura.

Ella también le habló se su familia y de su esposo que la había dejado viuda a los tres años de casados en una reyerta con los casacas rojas; sin llegar a concebir un hijo en la unión que le ayudase a soportar la pena de haberlo perdido. Entre algunas lágrimas y muchas más risas las horas pasaban volando para ambos.

—Tus heridas están cicatrizando muy bien. —Con una sonrisa le preguntó— ¿Quieres levantarte un poco? A ver cómo te sientes.

—Lo deseo —soltó una carcajada— tengo el cuerpo entumecido.

—Bien, levántate lentamente.

Con ayuda de ella Sloan poco a poco se va incorporando, baja los pies y se sienta en la cama. Le pasa el brazo por los hombros para tener un apoyo y lentamente se levanta.

—Intenta dar unos pasos —le animó.

—Está bien —dijo con una mueca de dolor.

Dio un par de pasos hasta llegar a la pequeña ventana. Con la mirada fija y perdida, no dejaba de pensar en todo lo vivido hasta ese momento. En como su vida había cambiado tanto, y sobretodo, el haberla conocido.

Sus miradas se encontraron, un cosquilleo recorrió el cuerpo de Nyneve cada vez que Sloan se acercaba más a ella, cosa que a él no se le pasó desapercibida; porque sin saber como a él le pasaba algo parecido, se sentía muy a gusto a su lado, veía en ella algo que deseaba y anhelaba.

Él no era ningún monje o santo, a sus 22 años conocía muy bien las artes amatorias. Se había iniciado desde muy joven y yacía con jóvenes doncellas aliviando su deseo carnal. Allá donde iba, tanto en pueblos como aldeas; cuando lo veían aparecer, siempre eran ellas las que lo buscaban, las que le seguían; porque su atractivo y su forma de ser las enloquecía como a chiquillas.

Pero ella era diferente, no era ninguna chiquilla, era una mujer… Nada que ver con las féminas que compartió momentos íntimos en su pasado. Ninguna de ellas por muy hermosas y esbeltas que fueran, ninguna de ellas, consiguió hacerle sentir aquello que Nyneve con una sola mirada o caricia en la mano lo alborotaba de tal forma que perdía la cordura.

Se apoyó en la pared frente a ella, mirándola a los ojos acunó su rostro entre las manos y la besó con dulzura, ella respondió a ese beso que sin saber porque tanto ansiaba.

Nyneve pasó su mano por la nuca de él atrayéndolo más y más a su boca, besándolo con urgencia. Subió ligeramente la mano y enredó sus dedos entre el cabello ondulado sin dejar de besarlo.

—¡Que ganas tenía de besar tus labios y averiguar si eran tan dulces como parecen!—le susurro aún con sus labios muy cerca.

—¿Y bien?—se mordió el labio inferior—¿Como son?—quiso saber.

—Son dulces como la miel—sonrió, y acercándose a su cuello le susurro al oído—bebería de tus labios día y noche para que me des la vida.

Se fundieron en un abrazo silencioso al que le siguió un beso apasionado, sus lenguas ávidas de juego se enlazaban la una a la otra como si de un baile se tratase, sus labios saboreaban con anhelo aquel instante. Habían deseado tanto ese beso como lo demostraban. No querían romper aquel momento por nada del mundo. Los sentimientos que ambos sentían en aquel momento, eran lo más maravilloso que pudiesen concebir.

Nyneve sin ser consciente acercaba su cuerpo al de él, profundizando el beso y aprisionándolo contra la pared, deslizó las manos por los anchos hombros masculinos hacia el torso desnudo, hasta que rozó con la yema de los dedos el vendaje y Sloan se apartó como si un chispazo recorriese su cuerpo.

—¿¡Te he hecho daño!? —preguntó asustada.

—No, —una sonrisa socarrona apareció en su cara— ha sido un pequeño tirón.

Estaba tan increíblemente atractivo con aquella sonrisa, vio como aquellos ojos azules estaban clavados en su boca y en un acto reflejo se mordió el labio. Ese gesto fue el detonante que empujó a Sloan para volver a besarla de nuevo, le encantó como sus dientes capturaban su delicado labio y deseó ser él quien lo estuviese atrapando entre los suyos.

—¡Hmmm! —Ella gimió en su boca mientras sus lenguas se enredaban en un beso tórrido.

Ese gemido en su boca fue la cosa más sexy que Sloan había oído o sentido en toda su vida.

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Un nuevo comienzo

Dunblane, Noviembre de 1715.

La noche fría de invierno se apodera de nuevo de las tierras altas de Escocia después de un día duro en el frente. Han ido llegando muchos heridos del campo de batalla, no muy lejos de allí en Sheriffmuir estaba en juego la independencia de Escocia. Los clanes de las Tierras Altas se levantaron a favor de los Estuardo, que aunque católicos al menos eran escoceses.

Nyneve Ramsay ayudada por varias mujeres las cuales, esposos e hijos estaban enfrentándose a las fuerzas gubernamentales británicas, estaban ocupándose de los heridos que iban llegando al Schottenklöster así llamaban al pequeño monasterio. No era muy grande pero tenía el suficiente espacio para albergar a los heridos que allí iban llegando.

Después de estar todo el día en guardia decide dar un pequeño paseo, ha sido un día muy largo y un descanso le vendrá bien; al salir al patio se encuentra con la señora Craig, una de las mujeres del pueblo.

—¿Cómo se encuentra su esposo? —el semblante de la pobre mujer era de angustia.

—Está muy mal señora Ramsay —los ojos se le llenaron de lágrimas— el torniquete de la pierna no ha servido de nada— el doctor le está cortando la pierna en este instante, pero yo…—un gemido de pura angustia salió de su boca.

—No se preocupe, el doctor sabe lo que hace ya verá cómo sale adelante. —Le agarra de la mano con cariño— Tenga fe.

—¡Oh, señora! —dijo sollozando.

—Vaya a descansar, se le ve agotada. —Le dedica una sonrisa cansada— Más tarde me pasaré a ver a su esposo.

Se despiden y Nyneve sale al patio. A esas horas de la noche no se aprecia el esplendor del hermoso jardín, en el cual abundaba la Convallaria Majalis comúnmente conocida como lirios de los Valle. Florece en una rama con pequeñas campanillas de color blanco, su fruto son pequeñas bayas rojas, que aún que parezcan apetitosas son muy tóxicas; ya que producen alucinaciones y vómitos constantes. Árboles frutales y abetos llenaban el resto del lugar.

Se acerca a uno de los guerreros que hacía guardia, allí cerca de la hoguera la fría noche se aguantaba mejor. Charlaron y bromearon un largo rato, había que darles fuerza de alguna manera, ya que cada pocos minutos un herido traspasaba aquellas puertas. Tras unos minutos se despide, esta agotada apenas a podido dormir un par de horas seguidas, necesita descansar un poco ahora que parece que está todo bajo control.

Está tan sumamente dormida que casi no se percata que Guillermo el joven fraile llamaba a la puerta.

—¿Quién es? —. Se incorporó y frotó los ojos aún medio dormida.

—Guillermo señora

—Pase —dijo mientras se tapaba con la manta.

—Perdone señora Ramsay por despertarla, necesitamos su ayuda, ha llegado un guerrero muy malherido y solo usted podrá ayudarlo. —Se excusó Guillermo— La herida del costado es bastante grave.

—Prepara todo lo necesario —dijo desperezando se— ahora mismo voy.

Desde el pasillo escuchaba los gritos de dolor del guerrero, con premura se acercó a la habitación que servía de quirófano, allí estaba ya todo preparado para la intervención. Se acercó al borde de la cama, miró con lástima al pobre hombre que allí se encontraba.

—¿Cómo se llama? —quiso saber Nyneve.

—S…loan Ste…wart se… ñora —dijo con gran esfuerzo.

—Bien laird Stewart, ahora tiene que dejarnos hacer nuestro trabajo. —Aferró con fuerza su mano— Tendrá que ser fuerte, ya que apenas nos quedan recursos para aliviar su dolor —dijo con gran pesar.

Sloan notó en su mirada una ternura y una sinceridad que supo al instante que saldría de esta.

Sabía que sus heridas eran muy graves, y, que aún emanaban sangre; la herida más profunda era la de su costado, la cual no dejaba de dolerle endemoniadamente y le costaba dios y ayuda respirar.

La miró y asintió con la cabeza, esto iba ha ser muy doloroso y así fue hasta que perdió la consciencia.

—Se ha desmayado —dijo Guillermo mientras limpiaba la herida.

—Es mejor así, no sufrirá tanto. —Su voz denotaba preocupación—Démonos prisa mientras está inconsciente.

Después de un par de días en el que la habitación era de ajetreo constante y nervios, pues al joven guerrero no le bajaba la fiebre y el dolor que sentía era horroroso, todo se quedó en calma, por fin estaba fuera de peligro.

Sloan descansaba ya por fin de su tortuoso estado. Nyneve se sentó en una de las sillas como las dos noches anteriores, con el cansancio acumulado enterró su rostro entre las manos, se recostó un poco y miró con atención aquel hombre que descansaba frente a ella. Lo observó con atención y vio a un hombre muy atractivo, recordaba sus azulados ojos cuando habló con él, su pelo castaño rojizo, el rostro enmarcado por una barba de días que lo hacía aún más atractivo. Era un hombre alto y de espalda ancha, corpulento; en su cuerpo estaba dibujado toda su trayectoria como guerrero, miles de cicatrices sobresalían en su piel como si de un mapa intrincado se tratase. Golpes y cortes que no eran muy profundos enmarcaban toda su piel.

Casi sin darse cuenta sus párpados se iban cerrando, intentó estar serena y atenta por si el herido la necesitaba. No pudo hacer nada cuando cayó en manos de Morfeo y se quedó profundamente dormida en la silla junto a la cama.

Habían pasado unas cuantas horas cuando Sloan abrió los ojos, aturdido intentó moverse, se llevó la mano a su costado y se aquejó de dolor, en aquel instante se acordó de que estaba a salvo; un suspiro de alivio salió de lo más profundo de su ser, la batalla que se estaba batiendo en aquellos momentos era encarnizada, era un cementerio cada vez que caía el sol.

Se dio cuenta de que había alguien más con él, a su lado recostada entre una silla y la cama, se encontraba una mujer. Le vio el rostro entre una maraña de pelo negro azabache rizado y la reconoció al instante, el ángel que le dio fuerzas y le dedicó unas palabras antes de que cayera sin fuerzas cuando había llegado allí. Estaba dormida y no quiso despertarla.

«Es tan hermosa —pensó mientras la observaba.»

Sujetó entre su mano la de ella, acariciando su delicada y suave piel, sin percatarse de que unos ojos azules como el cielo observaba en silencio sus movimientos.

—¿Como se encuentra? —dijo casi en un susurro.

—Pues, gracias a vos mejor. —Le dedicó una sonrisa— ¿Cuanto tiempo llevo aquí?

Nyneve se incorporó, se pasó la mano por el pelo y se levantó.

—Un par de días, ha estado inconsciente desde la intervención, ha perdido mucha sangre y me costó mucho bajarle la fiebre… había momentos en los que deliraba. Gracias a dios esta mejorando día a día aunque la herida del costado me preocupa —dijo con un hilo de voz— el corte ha sido limpio pero profundo, por poco le perfora el pulmón; de haber sido así lo habríamos perdido —su rostro se contrajo en una mueca de dolor.

Sloan la contempló como se paseaba por la habitación y se quedaba de pie junto a la pequeña ventana pensativa. Llevaba unos pantalones oscuros que a su parecer le quedaban grandes y una camisa en un tono más claro; con aquellas ropas que llevaba tan anchas de hombre no le hacían justicia, no dejaban entrever sus preciosas curvas de mujer.

—Ahora debe descansar y reponerse Lord Stewart ha perdido mucha sangre y aún está débil —caminó hacia la puerta y antes de irse se volteó —vendré dentro de unas horas a ver como se encuentra.

Nyneve cerró la puerta tras de sí y se alejó por el largo pasillo.

Horas más tarde Nyneve se acercó a la habitación donde se encontraba Sloan, permanecía dormido, era lo mejor, tenía que recuperarse de sus heridas. Decidió ir hasta la cocina para almorzar algo, unas gachas de avena y un trozo de black pudding que es un embutido a base de sangre coagulada, generalmente de cerdo, y de color oscuro; un mendrugo de pan recién hecho. Le apetecía muchísimo un vaso de leche fresca, pero era un lujo que en esos momentos no podían permitirse. Aún así era buen almuerzo para combatir el duro invierno de las Tierras Altas era lo que necesitaba.

—Tengo que ir al mercado. —dijo una voz a su espalda— ¿Necesita algo señora Ramsay?

—Le acompañaré señora Gleann —Nyneve asió una cesta y se acercó a ella— por el camino cogeré unas hierbas que necesito.

Lo bueno de residir ahora mismo en el monasterio es que tenía muy a mano varias de las hierbas medicinales que ella utilizaba para las cataplasmas y ahorrar dolor a esos guerreros. Se sale del camino y recoge unas hojas de Olmo escocés.

—¿Para que usa esas hojas? —preguntó con curiosidad.

—Pues, —sostuvo las hojas entre sus manos y sonriente le explicó —tiene la propiedad de reducir la inflamación. Además de su propiedad calmante.

Durante el camino de ida y vuelta del mercado en el cual se habían abastecido de lo poco que se podían permitir, Nyneve recogió todas las hiervas que pudo encontrar y que necesitaba.

Ya era muy entrada la mañana, quería ver cómo estaban los heridos y cambiarles las cataplasmas. Aunque siendo sincera consigo misma quería volver a ver aquellos ojos azules cristalinos como mar, quería ver al laird Stewart.

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Mi gran secreto V

Deseo, amor y pasión

Zac agarrándola con fuerza se va recostando con ella en brazos hasta quedarse acostados encima del tartá que dándose él encima. Rozando su pene contra el vientre de Ángela haciéndola moverse en busca del placer. Abandona sus deliciosos labios, dando le besos por su cuello va bajando hasta encontrarse con sus preciosos pechos acariciando los con delicadeza entre sus manos ve como aquellos pezones se endurecen poco a poco, sin poder resistirse un segundo más con los dedos los pellizca, acerca su boca a tan deliciosos pezones rosados, los chupa y mordisquea primero uno y luego el otro.

—¡Mmm!— gimió Ángela al sentir su húmeda lengua jugar con sus pezones. 

Sentir su cuerpo bajo el suyo lo estaba llevando a la locura solo deseaba tomarla y poseerla. Pero quería hacerla disfrutar y gozar del momento. 

Deja sus pezones a regañadientes y baja lamiendo su abdomen  abriendo le las piernas, al ver su precioso sexo húmedo se excitó más aún, separó con delicadeza sus pliegues dejando al descubierto su redondeado clítoris, acercó su lengua, lo lamió y absorbió, dejando que floreciera para el. 

—¡Por todos los dioses!— gritó de placer al sentir su lengua lamiendo le el clítoris. 

—Pequeña déjate llevar por este momento— le susurró con su boca en su clítoris.  

En muchas ocasiones había escuchado a sus compañeros relatar como habían pasado la noche con alguna doncella, como habían disfrutado del placer del sexo, lo que ellos les hacían y viceversa. Ángela no podía creerse que ahora era ella la que disfrutaba de tan dulce placer.

Ángela tiene su clítoris cada vez más hinchado por el placer que Zac con su legua le proporciona, se siente cada vez más húmeda. Zac pasea un dedo por su sexo humedeciendo lo y con delicadeza lo introduce dentro de húmedo sexo haciendo que de un pequeño respingo. 

—¡Zac!— balbuceo Ángela en un susurro entrecortado. 

—Shhh… Tranquila— dijo para calmarla —solo sentirás placer— le susurro metiendo otro dedo.

Ángela estaba tan excitada que abría las piernas más y más, sin saber como sus dedos estaban enredando se en el cabello de Zac apretando le contra su clítoris en busca de más placer. 

—¡Oh siii!— dijo jadeante Ángela —¡por favor no pares!— le suplica. 

Una oleada de lujuria y placer la invade, haciendo que su cuerpo se arquee y se convulsione por el orgasmo. 

Zac la mira fijamente, al verla excitada y entregada a él lo vuelve loco. Ángela aún con sus manos en su vientre convulsionado siente la lengua de Zac subiendo muy lentamente haciéndole cosquillas.

—¡Nooo! ¡Paraaaa!— dice Ángela entre risas casi sin aliento. 

—Me gusta tenerte así— susurra Zac en su oído. 

Zac la agarra de la cintura y rueda con ella asta dejarla encima de él, aquella visión de ella a horcajadas encima de él no tenía precio. Recorrió un camino desde sus muslos asta sus preciosos pechos acariciando cada pedazo de su sedosa piel, haciéndola disfrutar de sus caricias. 

Ángela quería que Zac disfrutara y gozara también como lo hizo ella momentos antes. No lo había hecho nunca pero sabía como hacerlo dado que se lo había oído a sus compañeros miles de veces. Al intentar levantarse Zac se lo impidió.

—¿A dónde vas? ¿Te pasa algo?— preguntó alarmado. 

—Tranquilo estoy genial— le dijo sonriendo —solo voy a darte el placer que me as dado tu. 

Se agachó asta rozar sus labios con los suyos y le dio un beso. Se incorpora lentamente, se levanta y da unos pasos moviendo las caderas con descaro, al girarse ve a Zac mirando fijamente su culo. 

—Capitán, ¿le gusta lo que ve?— le pregunta mirándolo fijamente con picardía. 

—¡Oh si!— dice Zac con una sonrisa socarrona —daría mi vida por tener estas vistas cada día. 

Ángela que ya se había agachado y colocándose entre las piernas de Zac, se quedó sin aliento al ver su pene erecto delante de ella, por un momento se quedo paralizada sin saber exactamente como empezar, Zac que veía cada movimiento de ella sabía perfectamente lo que pasaba por su mente, acarició con mimo su mano y la llevó asta su pene, y con un movimiento arriba y abajo le indicó como hacerlo. 

—¡Así pequeña!— le susurró excitado.

Con su mano acariciando le arriba y abajo, deseaba hacerle disfrutar. Acercó su boca asta su pene y abriéndola se la metió, primero un poco y luego entera, la chupó y saboreo con dulzura. Zac al sentir la boca de Ángela rodeando su pene lo excitó de una manera loca. No podía creer que estuviese haciéndolo pero le encantaba. Ángela jugaba con su lengua por todo el pene, chupando y mordisqueando el capullo sonrosado haciéndolo gemir de placer. Zac está  tan excitado viendo la que no aguantará mucho más. Se incorpora y agarrándola con posesión la besa dejándola sin aliento.

—Tumba te y no te preocupes por nada, te dolerá un poco al principio pero después sólo sentirás placer— le dice con cariño. 

Zac se mete entre sus piernas, coge su pene y lo frota por su húmedo sexo, separa sus pliegues e introduce su pene en su entrada. Siente como Ángela esta tensa.

—Tranquila preciosa— le susurra —seré muy cuidadoso— le dice besándola con pasión mientras se introduce en ella lentamente asta el punto que no puede profundizar más —tengo que hacerte un poco de daño, será sólo un momento pequeña. 

De un certero empujón la penetró, Ángela aguantaba muy bien el dolor pero no pudo evitar que unas pequeñas lágrimas brotasen de sus ojos. Zac seguía saboreando su boca mientras permanecía quieto dentro de ella, dándole tiempo para acostumbrarse. Era un placer exquisito estar dentro de ella notando como sus músculos le apretaban su pene. Muy lentamente empezó a moverse arriba y abajo lubricando su pene. 

 Ángela estaba tan húmeda que la fricción de sus sexos era mucho más placentero, abrió y levantó las piernas para darle mejor profundidad con cada embiste, sus cuerpos empezaron a moverse al unísono como si de un baile sensual se tratara. Sentía aquel trozo de carne bombeando la una y otra vez, con cada estocada sentía que se moría, ambos tenían sus ojos clavados en los del otro, piel contra piel, mil sensaciones floreciendo al borde del orgasmo. Ángela volvió a sentir su sexo convulsionando de placer un jadeo fue ahogado con un profundo beso. 

Con cada movimiento de cadera y el sexo de Ángela apretando su pene con su orgasmo no podría aguantar más y se dejo llevar. Su agitada respiración y sus jadeos resonaban en la cueva, al borde del orgasmo con rapidez sacó su pene y acariciando se con la mano se corrió dejando su semen esparcido por su vientre. 

Jadeante aún por el esfuerzo se tumba a su lado, llevó la mano asta su mejilla y le acaricia mientras la mira a sus preciosos ojos azules. 

—Eres preciosa Ángela— dándole un dulce beso, le confiesa —a sido increíble, desearía poseerte cada noche pequeña.

—Yo desearía lo mismo— le dijo con voz melosa —pero será difícil. 

—Este será nuestro refugio, nuestro pequeño lecho, aquí hemos disfrutado de nuestro primer encuentro y el de muchos más si tu lo deseas pequeña— le susurró al oído mientras la rodeaba y la atraía hacia si. 

Ambos se quedaron abrazados, mirándose con complicidad y susurrando se palabras melosas y cariñosas, disfrutando de aquel momento tan íntimo, el mejor día de San Andrés para ambos, jamás lo olvidarían.

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Mi gran secreto IV

Descubriendo el secreto

Ángela se siente tan indefensa sin su atuendo, que no sabe como actuar. Se da cuenta de que esta semidesnuda ante él e intenta alejarse unos pasos pero Zac se lo impide agarrándola de la cintura y atrayéndola hacia él estrechando la entre sus fuertes brazos. 

—¿A dónde vas?— preguntó con una leve sonrisa.

—Yo…— intentó decir sin éxito. 

Zac nota que su cercanía la pone nerviosa, intuye que ambos sienten lo mismo. Al tenerla entre sus brazos siente como tiembla como una hoja. 

—Estas temblando ¿tienes frío?— preguntó preocupado. 

—No…—dijo con la cabeza apoyada en su pecho donde podía escuchar como latía su corazón— me encanta estar así, podría permanecer toda mi vida abrazada a ti – le susurro.

Tenerla así de cerca, entre sus brazos le hacía feliz, un sentimiento que nunca antes había sentido por ninguna mujer, sólo quería poseerla allí mismo, sentirla y hacerla suya. Zac sintió como poco a poco su entrepierna se endurecía, cosa que no pasó desapercibida por Ángela que al sentir aquella dureza tan cerca de su vientre la hizo estremecerse. 

—Ángela…— dijo acariciando su mejilla —lo que sientes ahí abajo es por tenerte tan cerca— intentó excusarse por su erección. 

—Zac… Yo…— balbuceaba mirándole a sus ojos almendrados —yo siento lo mismo por ti, desde hace muchísimo tiempo, deseaba estar así contigo. 

Ángela que no dejaba de mirarlo, poco a poco se pone de puntillas y le acaricia los labios con el pulgar. 

—He soñado tantas veces con besarte— le confiesa sin apartar la mirada.

Zac que desde que la vio allí de pie semidesnuda era lo que más ansiaba, besarla y acariciarla. Tenía que hacerla suya, no aguantaba ni un segundo más esa tortura. Rozó con ternura su mejilla, le acarició los labios con la lengua, ella al sentir su lengua abre la boca dándole acceso y enreda la suya en un beso apasionado.

Ambos estaban excitados, necesitados el uno del otro, mientras se besaban con pasión Zac tira del fino cordón del calzón de Ángela y la tela cae deslizando se por sus curvas femeninas dejándola completamente desnuda ante él. Zac sin perder un segundo se quita el tartá y lo extiende en el suelo, Ángela le desabrocha su camisa botón a botón sin dejar de besarlo asta descubrir su torso musculoso acariciando lo lentamente con sus manos, Zac cada vez más excitado por sus caricias se despoja del resto del ropaje.  

Ángela al verlo totalmente desnudo y con aquella erección su entrepierna se humedeció, había visto a muchos de sus compañeros desnudos pero ninguno se le podría comparar, su cuerpo era perfecto, musculoso, fibroso, muy varonil y aquel grandioso pene erecto, duro y aterciopelado… su excitación por el era tal que solo deseaba que la poseyera ¡ya!, Zac que la observaba vio en su mirada aquel brillo que vio la primera vez que la conoció, bajó la mirada asta sus labios hinchados por los ansiados besos que se daban, eran exquisitos y aquel gesto de morder se el labio lo volvía loco. Sin esperar un segundo más pasó su mano por su fina cintura y la atrajo hacia él besándola mientras sus manos acariciaban la sedosa piel de su espalda bajándolas lentamente asta su redondeado culo, agarrando cada cachete la levantó en volandas casi sin esfuerzo.  

—Abre las piernas y rodea me la cintura con ellas— le dijo Zac estrechando la contra su cuerpo lleno de excitación. 

Ángela sin dejar de besarlo le rodea con sus piernas sintiendo en su vientre el duro pene Zac. 

—Posee me, hazme tuya— le súplica Ángela —te necesito. 

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Migran secreto III

Mi pequeño paraíso

—Vamos amigo ya sabes a donde tienes que llevarme— le susurra palmeando le el cuello.

Zac iba rumbo al cuartel general en busca de Ángel cuando a lo lejos lo ve cabalgando en dirección al frondoso bosque. 

—Ángeeeeeeel— intentó gritar lo más fuerte que pudo —¡Maldita sea a dónde va!— gruñó.

Al ver que Ángel no lo oía, fue asta las caballerizas, busco al mozo y le pidió que ensillase su caballo lo más rápido que pudiese, no quería perder el rastro de Ángel.

—Capitán— prosiguió el muchacho —su caballo esta listo. 

—Tu rapidez será recompensada— le indicó al muchacho con una guiño.

Montó en su caballo Thor, salió al patio y cabalgo fugaz tras Ángel. Le siguió por el denso bosque sin que le viese durante unos veinte minutos, observo como desmontaba de su caballo y ataba las riendas a una rama, se quedo muy extrañado cuando lo vio entrar por una estrecha grieta en unas piedras. 

—¡Por san Ninian!— exclamó Zac —¿pero a dónde va este insensato?— refunfuñó. 

Con premura para no perderlo de vista se aproxima a donde Ángel dejó a su caballo, desmonta de Magnus y ata las riendas a unas ramas dejando a ambos potros uno al lado del otro. 

Se acerca hasta la grieta, con precaución se adentra, al principio hay bastante oscuridad pero una vez los ojos se acostumbran a la negrura puedes percibir lo que tienes a tu alrededor. Zac sigue caminando por un estrecho camino, poco a poco hay más claridad. Los ojos de Zac se agrandan por momentos al ver tal belleza, una preciosa cueva se abre ante sus ojos, un estanque de agua cristalina y una hermosa cascada que baja desde lo alto donde entra un halo de luz impresionante que  hace del sitio un bello paraíso. 

Busca a Ángel con la mirada y allí al fondo lo encuentra. Tiene la intención de acercarse pero se detiene en seco al ver como Ángel se deshacía de sus ropajes. Zac se queda sorprendido al ver como al sacarse la camisola lleva un vendaje en el torso. 

<< ¿Tan grave fue el golpe en el último entrenamiento?— se pregunta así mismo >>

Ángel se sienta en una de las piedras y empieza a desabrocharse las botas, primero una y luego otra dejándolas a un lado, desabrocha el cordón de cuero de su pantalón y lo baja despacio, una vez se hubo desecho de él lo deja con lo demás, quedándose con un fino calzón de lino que tapa parte de su cuerpo. Poco a poco se despoja del vendaje mientras lo vuelve a enrollar para volver a ponérselo más tarde y lo deja en el suelo al lado de la camisola. 

<< ¡Que alivio!— piensa Ángel al liberarse de los vendajes >>

Zac sin apartar los ojos ve como el joven que le da la espalda deja la venda en el suelo, al darse la vuelta se queda atónito al descubrir lo que escondía esa pequeña tela… ¡Unos preciosos senos redondeados!

<<Pero… ¿Cómo no me di cuenta?— Se pregunta —Estos sentimientos y pensamientos extraños ¡Ahora todo tiene sentido! >>

—¡Por todos los santos celtas!— exclamó en alto descubriendo se ante la joven.

—¡Capitán!— exclama asustada, tapando se los pechos con ambas manos —¿que… que hace aquí?— pregunta inquieta aún sin saber como la a encontrado. 

—Pero… ¿que?… ¿Cómo?… ¿Porqué?— balbuceaba sin saber exactamente que es lo que quería decirle —todo este tiempo engañándonos.

—Capitán… Amm…— su mirada era de súplica —yo… Es que… Es difícil de explicar… es una historia muy larga— baja la mirada y cogiendo la camisola se da la vuelta.

Zac no podía ni imaginar que debajo de aquellos ropajes que cada día usaba pudiese esconder un cuerpo tan delicioso y exquisito, tiene ante sí a una preciosa mujer de perfectos pechos y exuberantes curvas. Sin poder creer aún lo que sus ojos están viendo se acerca a ella y le acaricia el hombro para que de vuelva. Al sentir su mano tocando su piel una oleada de sentimientos la inundan, con la camisola tapándola se da la vuelta y agacha la mirada.

—Dime— le acaricia el mentón para que lo mire.—¿Como te llamas?

—Ángela McDoglas— sus miradas se encuentran y una pequeña llama les inunda.

—¿Porqué esconderte de esta manera?— aún estaba en estado de shock.

—Es una larga historia— declaró bajito, pero no lo suficiente para no ser oída —resumiendo…  Ser huérfana a temprana edad y mujer, era un sin vivir constante, decidí hacerme pasar por un muchacho, todo fue más fácil desde entonces – le confesó con lágrimas en los ojos— y por favor no me descubras ante los demás… Aún no —le suplicó.  

—Tranquila no te preocupes— le dijo acariciando le el mentón —tu secreto esta a buen recaudo, te lo prometo.

—Gracias Zac— susurro mirándole a los ojos —eres un gran hombre— sus mejillas se tornan sonrosadas.

<< ¡Qué preciosa es!— pensó el highlander con los ojos clavados en ella.

romance/erotico

Mi gran secreto II

Fiesta de San Andrés

Llega el tan esperado gran día del año por todos los highlanders la fiesta de San Andrés, hay un gran revuelo en el castillo de Stirling, todos lucen sus vestimentas tradicionales ataviados con el kilt, su chaqueta de tweed y el tartá.

Todos están muy ajetreados, todo tiene que ser perfecto y como manda la tradición, el día de San Andrés se debe celebrar con un gran baile, las doncellas decoran el gran salón y en las cocinas ya de buena mañana el fuego y los pucheros están preparando un gran menú festivo y tradicional en el que no falta el haggis que son unas ricas asaduras de oveja o cordero cocinadas con cebolla, hierbas y especias y con neeps and tatties que es un puré de colinabo y patatas ¡delicioso!, todo ello acompañado de la bebida más genuinamente escocesa, el whisky.

El salón poco a poco se llena, Zac que llegó de los primeros saluda y habla con los que van entrando al gran salón. Se extraña al no ver al joven Ángel, se acerca al grupo de guerreros con los que normalmente se encuentra.

—¿Como va la fiesta muchachos?— pregunta al pequeño grupo.

—Bien mi capitán— dice John el grandullón barbudo.

—Todo esquisto— suelta Fiodor con una sonrisa socarrona —y no lo digo solo por la comida— dice mirando a unas doncellas que pasaban por delante del grupo.

Todos se echan a reír al darse cuenta de lo que quería decir.

—Por cierto, ¿donde esta Ángel?— pregunta —no lo he visto aún— dice mirando a ambos lados del salón.

—Capitán a Ángel no le gustan mucho las fiestas— suelta John —siempre se mantiene al margen.

—Desde que lo conozco nunca lo he visto en ninguna fiesta— dice Neal rascando se la cabeza.

—Que paséis un buen día y os divirtáis— sonríe Zac y con un gesto de cabeza, se va.

—Gracias capitán— dicen al unísono. 

Zac se escabulle del gran salón cuando nadie le ve, va con paso firme por los pasillos cruzando se con doncellas, que a su paso murmuran y ríen, ya que es un hombre muy apuesto y varonil, alto y corpulento, de cabello negro como el azabache, unos bellos ojos almendrados y unos labios carnosos, el varón por el que todas las féminas suspiraban y deseaban tenerlo en su lecho cada noche.

En las caballerizas Ángel se prepara para salir, se acerca a Magnus y le coloca su montura, aprieta bien las correas de cuero, antes de subirse le da un azucarillo y lo acaricia, con el a corrido muchas alegrías aunque muchas más penas. Y justamente este día que para todos los highlanders era algo especial para él era todo lo contrario, año tras año se alejaba todo lo que podía del castillo, sumido en su tristeza. Se monta en Magnus y sale de las caballerizas con premura. sin encontrarse a nadie en el camino, ya que todos están en el gran salón, o eso es lo que cree…

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Mi gran secreto

Primeras miradas

Castillo de Stirling, 1490

Es una mañana fría y nublada de otoño, el regimiento de la guardia real del rey Jacobo IV se entrenaba en el patio de armas, todos los guerreros estaban de pie haciendo un círculo al rededor del centro del patio donde el líder combatía y entrenaba a los demás guerreros del batallón, todos estaban muy atentos a lo que allí sucedía.

Los combates en este grupo son implacables, su líder Edgar Graham combate y acaba con ellos uno a uno, templándolos para las futuras batallas contra el enemigo. Es el turno del capitán Zac O’Connor, lucha con fiereza, en algunas ocasiones cae al suelo, sin embargo sigue levantándose una y otra vez embistiendo a su susodicho líder. 

Edgar espada en mano ataca a Zac, con rapidez lo esquiva y lo ataca a su vez, el ruido del acero resuena en todo el patio, luchan ambos con fiereza y con todas sus fuerzas. Zac en una de las embestidas del líder pierde su preciada arma, lo ve acercarse a el con su espada en alto para atacarlo y sin dudarlo un segundo se abalanza contra el líder, con un golpe seco le golpea en el estómago haciendo lo retorcer se y antes de que pueda incorporarse le da un puñetazo en la mandíbula, le golpea la rodilla haciéndole arrodillarse y con un movimiento rápido le agarró la cabeza y lo cogió del cuello, Edgar levanta el brazo a modo de derrota. 

—¡Así se lucha señores!— se levanta y le palmea la espalda a Zac. 

—Ha sido una buena lucha— le estrecha la mano a su líder.

—¡Venga ahora entre vosotros!— dijo Edgar alzando la voz para que todos lo escuchasen. 

Todos los guerreros allí presentes obedecieron las órdenes de su líder. 

Zac hablaba con Edgar sobre como había mejorado su técnica a lo largo de los años que servían juntos, entre risas y felicitaciones de los demás altos cargos, su vista se desvía al escuchar el murmullo de varios guerreros arremolinados viendo a dos jóvenes luchar entre si. Al escuchar el sonido del acero al chocar una y otra vez decide acercarse a ver que es lo que sucede. Como puede se cuela entre los hombres, una vez está en primera línea observa la lucha. 

Ambos jóvenes están en pie desenvainando sus espadas, mirando se fijamente a los ojos intentando adivinar cual será el próximo movimiento de su contrincante, sus respiraciones son agitadas y bruscas por el esfuerzo. Uno de ellos parece ser más endeble pero sus movimientos son certeros y muy ágiles, con un par de golpes derrota al joven más corpulento haciéndole morder el polvo.

—¡Por san Fergus! Ángel has herido mi orgullo— dijo Neal con una sonrisa socarrona.

—La próxima vez será otra cosa la que hiera— soltó Ángel con una carcajada.

El entrenamiento sigue durante horas. Zac contempla al guerrero, nunca antes había visto a este recluta, era muy joven, pelirrojo, algo desgarbado, de estatura media en comparación a los demás guerreros. Lleno de curiosidad ve su entrenamiento, observa una fiereza y un brillo en sus ojos azules como el cielo. Uno a uno derriba a todos sus compañeros ya sea en caballo como a pie, hasta que este se da cuenta que Zac lo observa y no le quita ojo, por un instante duda, momento en que su contrincante aprovecha y derriba a este bravo joven dándose un gran golpe en el suelo.

—¡Aauuch!— se queja el joven. 

—¿Ángel que a sido eso?— dijo con voz socarrona el grandullón barbudo —estabas como en otro mundo.

—Me distraje un segundo— balbuceó desde el suelo.

Zac que lo observaba todo desde el puesto de mando salta al patio y corre para ver el estado del maltrecho joven. 

—¿Estás bien?— preguntó alarmado. 

Le estrechó la mano para ayudarle a incorporarse.

—Amm… Si… Si estoy bien capitán— balbuceó con los nervios. 

—Te has dado un buen golpe— no sabía porque se interesaba tanto por el joven. 

—Sobreviviré capitán— dijo agachando la mirada —seguiré con el entrenamiento.

En ese momento Zac ve un gran potencial en este guerrero y solicita hacerse cargo de su adiestramiento, su supervisor mira con desconfianza a Zac ya que este nunca ha aceptado adiestrar a un recluta, cuando al fin el líder acepta un extraño brillo sale de los ojos de Zac. 

Juntos pasan muchos días y semanas, entrenan en el patio de armas, discuten tácticas de guerra antes de las batallas en la sala de oficiales, van de caza por el bosque, un gran vinculo se crea entre ellos. Tanto que Zac no entiende porque siente esa atracción, ese afán de saber siempre donde está y con quién, sentimientos cruzados que lo están volviendo loco.

romance/erotico

Indomable IV

Pasión desenfrenada

Brenan que por su cara sabía exactamente lo que ella pensaba le acarició la mejilla.

—Tranquila amor— su voz era sensual y sosegada —se lo que estas pensado y no tienes que preocuparte de nada— le sonrió y Miriam asintió. 

Brenan para prepararla acarició su hinchado clítoris,los jadeos de Miriam le decía que estaba a punto de llegar al clímax, su boca se entretenía en aquel rosado pezón que le encantaba y saboreaba con devoción. Miriam estaba experimentando algo tan excitante y lujurioso que no podía reprimirse más, arqueando su cuerpo y moviendo las caderas frotando su sexo contra la mano de Brenan, en una milésima de segundo descubrió una ola de placer inconmensurable.

—¡Oh Brenan!— su cuerpo temblaba y su sexo palpitaba como nunca antes había hecho.

—Amor mío aún te queda mucho por experimentar— con una sonrisa picara dijo —y disfrutar.

Con su mano aún apretando su clítoris bajó abriendo sus pliegues, estaba tan húmeda que Brenan se excito mucho más, necesitaba tomarla ya pero aún no era el momento, poco a poco fue metiendo un dedo en aquella húmeda cueva, luego metió otro dedo más, Miriam gimió de placer al sentir sus dedos jugando en su interior. Brenan supo que era el momento sacó sus dedos empapados de flujo, se acomodó entre sus temblorosas piernas, agarró su pene llevándolo asta la entrada de su vagina y poco a poco la introduce controlando sus movimientos para no dañarla asta llegar a un punto en el que el cuerpo de Miriam parecía no ceder. Miriam se tensa un poco pero con los besos dulces de Brenan enseguida se le quitan los miedos. 

Brenan esta tan ansioso por poseerla que no aguanta más, de un empujón profundo y seco la tomó. Miriam al sentir aquella punzada en su vientre chilló, pero el grito fué sofocado por los carnosos labios de Brenan que la besaba con pasión enlazando sus lenguas. 

Con suavidad Brenan se mueve acoplando su cuerpo al de Miriam y que se vaya acostumbrando a tenerle dentro de ella, para que sienta placer poco a poco. El dolor cesa y lentamente Miriam mueve las caderas al compás de las de Brenan, rodea la cintura de él con sus largas piernas sintiendo todo su miembro dentro y ayudándolo con cada embestida. Sus manos acarician la espalda sudorosa y ancha mientras Brenan saboreaba sus dulces y rosados pezones endureciendo los al contacto con su lengua. Al sentir las manos de Brenan acariciando cada rincón de su cuerpo siente morir de placer. 

—¡Aaahh!— no podía creer que esos gemidos saliesen de su boca —¡me encanta amor!.

Brenan más excitado que nunca rodó por el manto verde dejando a Miriam encima de el aún unidos. Con un rápido movimiento le despoja de la camisola y la deja a un lado, la belleza y el las preciosas curvas del cuerpo de Miriam lo tenían anonadado. La asió de las caderas para ayudarla a moverse arriba y abajo, primero lentamente pero Miriam ansiaba más y más, el placer que sentía, lo húmeda que estaba, y las manos de Brenan en sus caderas la llenaban de lujuria. 

Verla botar y cabalgar encima de él a aquella mujer, lo volvía loco de placer. Sus manos subieron de sus voluptuosas caderas por su cintura asta llegar a sus pechos, redondos y perfectos, los acarició y acunó entre sus manos, sus dedos pellizcaron sus pezones rosados y duros, deseó saborearlos uno a uno y hacerla gritar de placer. Miriam que sabía lo que su amor deseaba se echó hacia delante, Brenan deseoso por atrapar entre sus dientes el preciado pezón acercó su boca. Sentir su caliente lengua jugar con su pezón la hizo gemir y arquearse de placer. Brenan acarició la sedosa espalda de Miriam dibujando con sus dedos pequeños círculos bajando asta sus preciosas y redondeadas nalgas empujando con embestidas cada vez más profundas y rápidas. 

Con cada embiste ambos jadeaban, Miriam sentía que de nuevo aquella oleada de placer la inundaba, sentía que el pene de Brenan palpitaba dentro ella con furia y desenfreno. Brenan sentía como le hervía la sangre con cada movimiento de cadera de Miriam. Ambos estaban jadeantes, llenos de lujuria y placer, sentían como les llegaban orgasmo, aquel tesoro por el que ambos querían luchar juntos. Cuando llegaron al clímax Miriam se desplomó encima de su amor agotada, jadeante, exhausta pero profundamente feliz. Brenan sentía el cuerpo tembloroso de Miriam y la acunó entre sus brazos dándole un dulce beso.

—Eres maravillosa Miriam— la mira con dulzura —eres todo lo que un hombre busca en una mujer… adorable, apasionada, intensa, dulce y salvaje. 

Miriam al oír sus palabras se le dibuja una sonrisa, se acerca y le besa apasionadamente, le mira a los ojos y le dice con voz melosa.

—Me alagas Brenan— aún no se acaba de creer lo que a pasado —eres lo que toda fémina quiere a su lado.

—Quisiera repetir una noche como la de hoy si me honrarais con ello— la miro fijamente y con una sonrisa dijo —pero estando desposados si tan bella dama me lo permite.

A Miriam aquella revelación la inundo de júbilo y alegría. Su amor, su gran amor secreto sería por fin su esposo.